18 Mayo 2021

Alba Aguión

Sobre el desierto más extenso del planeta, y sintiendo la crueldad de la naturaleza respirar sobre sus nucas, ingleses y noruegos se batieron en una de las carreras más emocionantes de la historia. Ni vientos huracanados, ni encías sangrantes por el escorbuto, ni temperaturas inferiores a -40º C podían frenar la lucha de dos imperios por ver su bandera ondear la primera sobre los confines de la tierra. Era la conquista del último lugar inexplorado del planeta: el Polo Sur. La carrera surgió sin embargo de modo casual, ya que aunque los noruegos conocían el plan de los ingleses, estos ignoraban la ambición de los noruegos.

El 14 de Diciembre de 1911, bajo el mando de Roald Amundsen, los noruegos levantaron una tienda de campaña en los 90º de latitud sur, dejando en su interior una carta que 34 días después hundiría a los ingleses. Los noruegos habían ganado. Desmoralizados y débiles, los británicos iniciaron un viaje de regreso en el que la muerte sería el broche final a su trágica derrota.

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Carrera al Polo Sur. Ruta de los ingleses (verde) capitaneados por Robert Falcon Scott y ruta de los noruegos (rojo) al mando de Roald Amundsen. La foto superior muestra al equipo noruego en el Polo Sur el 14 de Diciembre de 1911. La foto inferior es del equipo inglés junto a la tienda y bandera noruega el 18 de Enero de 1912. Imágenes de Cool Antarctica.

El hallazgo de los cadáveres de los ingleses, y sus escritos ante la muerte en la grandeza del paisaje polar, tuvieron un gran impacto en Europa. El día antes de morir, el capitán Scott dejó escrita una carta para su nación:

“…Tomamos riesgos, lo sabíamos, las cosas han ido en nuestra contra y por lo tanto no tenemos motivo de queja, sino solo someternos a la voluntad de la Providencia, determinados todavía a hacer lo mejor hasta el final… Si hubiéramos vivido, debería haber contado la historia de la audacia, resistencia y coraje de mis compañeros, que habría llenado el corazón de todos los ingleses. Estas ásperas notas y nuestros cadáveres deberán contar la historia. Sin duda, un gran país como el nuestro se encargará de que todos los que dependen de nosotros estén adecuadamente provistos”

Scott y su equipo se convirtieron rápidamente en héroes nacionales y así, el implacable triunfo de los noruegos quedó ensombrecido por el drama de sus rivales. Los ingleses habían muerto como gentlemen, de eso no cabe duda. Pero la hazaña de los noruegos era francamente extraordinaria: Roald Amundsen y sus hombres habían recorrido en el lugar más hostil para la vida los más de 1.300 kilómetros que los separaban del Polo Sur en tan sólo 55 días, sin perder ningún hombre por el camino. La carrera más fría de la historia había tenido un resultado diametralmente opuesto para ambos bandos. Y aunque durante el siglo XX esto se achacó al azar, lo cierto es que, aunque las dos expediciones iniciaron su marcha hacia el polo en Octubre de 1911, la suerte estaba echada antes de su partida.

A la sombra de un comportamiento autoritario y poco compasivo, el capitán noruego Roald Amundsen había convivido varios inviernos con los esquimales Netsilik en el otro extremo del planeta: el Ártico. En una época en la que la raza blanca era considerada superior, el aprender de indígenas norteamericanos no era un acontecimiento usual entre europeos. Sin embargo, el sumergirse en la vida y cultura esquimal marcaría una gran diferencia durante la carrera antártica de 1911: Amundsen conocía la importancia de colaborar y adaptarse a la naturaleza, mientras que los ingleses parecían decididos a echarle un pulso. Durante la épica lucha por conquistar el Polo Sur, los británicos avanzaban lentamente con ponis y trineos motorizados. Los ponis eran animales fuertes capaces de transportar cargas pesadas; de ahí su elección. Sin embargo, los expedicionarios británicos no contemplaron la vulnerabilidad de estos animales al frío extremo y el hecho de que su peso elevado hacía que se hundieran hasta las rodillas en la nieve antártica, avanzando despacio y con mayor esfuerzo que animales más ligeros. Los trineos motorizados tampoco eran de gran ayuda; sus cilindros se recalentaban rápidamente en la vasta extensión helada y pronto paraban de funcionar.

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Los capitanes Roald Amundsen (Noruega) y Robert Falcon Scott (Inglaterra).

Mientras los británicos se peleaban con la naturaleza antártica, los noruegos se movían ávidamente por ella con trineos tirados por perros. Sus trineos estaban recubiertos por hielo para favorecer el deslizamiento y los perros más débiles encargados del tiro eran sacrificados para alimentar a los fuertes y a los propios expedicionarios. Además, los noruegos sabían construir iglúes y llevaban vestimenta hecha con piel de foca y reno en vez de lana. Aunque no todo fue un camino de rosas, los noruegos aprendieron para las lecciones que la Antártida les tenía preparadas. Y es que aunque no todo su material y equipo ártico era adecuado para el extremo sur del planeta, supieron adaptarlo a las nuevas condiciones. Así, aligeraron sus trineos usando cepillos de carpintero y modificaron la parte superior de las botas de esquiar Kamiks de los esquimales para adaptarlas al hielo antártico. Noruega y sus hombres no podían estar más preparados. “La victoria espera a aquel que lo tiene todo en orden; suerte, lo llama la gente” dejó escrito Amundsen en su diario.

El usar perros en vez de ponis o ropa fabricada con pieles de animales árticos en vez de lana, son claves que demuestran que los expedicionarios noruegos comprendían el ambiente al que se enfrentaban. Y es que como dijo Charles Darwin, en la lucha por la supervivencia no sobrevive ni el animal más inteligente ni el animal más fuerte, sino el mejor adaptado al mundo al que se enfrenta.

Referencias 

Ross D. E. MacPhee (2012) Carrera al límite. Amundsen, Scott y la conquista del Polo Sur. Editorial Planeta